En el ecuador del Camiño dos Faros, unos 100 kilómetros ya recorridos y otros 100 por recorrer, desde la cima del monte Branco vemos una amplia representación de todos los tipos de dunas existentes.
Nos encontramos precisamente en la duna remontante más alta de Europa junto a la del otro monte Branco de Ponteceso. Al bajar, atravesamos las pequeñas y solitarias calas de Trece hasta Punta do Boi y el Cementerio de los Ingleses. Al fondo, cabo Vilán. En el bravo arenal de Trece crecen las caramiñas, una fruta perlada que nace con el estío y da nombre a Camariñas. De niños las buscábamos en este lugar y en otras pequeñas playas en Reira o Xaviña.
Nos contaban que estos dulces frutos eran lágrimas de la Virgen del Monte, porque como aquí estaba el paraíso, había tenido la visión de la escena de Eva y la serpiente. Es posible que sea una apropiación de una famosa leyenda portuguesa, porque el país vecino, y culturalmente hermano del gallego, conserva también varios caramiñales bien conocidos.
Es la corema album, que figura en el escudo municipal y da nombre al concello. Recientemente un estudio de Mateo Pasantes confirma una superficie de caramiñal local de unas 20 hectáreas con la presencia de entre 35.000 y 45.000 individuos. El mayor de Galicia, aunque no comparable a los portugueses de la costa conimbrigana.

La leyenda del Rey
El rey trovador Dinís I de Portugal era un gran mujeriego. Se había casado con doña Isabel de Portugal en el castillo gallego de Sobroso. Sabiendo la reina que tendría una de sus citas amorosas, al día siguiente, mandó que le ensillaran un caballo y a primera hora de la tarde partió a buscarlo, acompañada de algunos guardias y dos ayas.
A media tarde llegaron al lugar indicado, en un pinar cuyos árboles el mismo rey había ordenado sembrar, y entonces la reina mandó al séquito que se detuviera y ella, sola, se encaminó hasta un roquedo donde encontró retozando a la pareja.
El rey infiel, asombrado, abrió los ojos de espanto; por su parte, los de la reina dejaron caer unas lágrimas cristalinas que se extendieron por todas las matas del pinar, convertidas como en perlas de un blanco tan blanco que volvieron aquel bosque lugar de maravilla.
Desde ese día, las lágrimas de la reina, convertidas en perlas blancas para que pueda ver ella las infidelidades de su esposo, y agridulces como fueron sus lágrimas entonces, salen en septiembre en el Pinar do Rei, y por toda la orilla del mar. Entre Cádiz y las Rías Altas.
